jueves, 1 de mayo de 2014

FIESTA DE LA MAGDALENA (LLANES)



  Este relato está escrito por la socia de Llanes Mª José Mateos, un buen relato para acercarnos a una de las fiestas más importantes de Llanes.

 Las fiestas de Llanes tienen dos principales características: 
  • La primera es que son totalmente populares
  • La segunda que son bandos, es decir, que si perteneces o simpatizas con una, no puedes ser de otra. 
Esta “piquilla” o rivalidad es lo  que hace que las tradiciones, las raíces y las costumbres de Llanes pervivan generación tras generación.   


   En julio se celebra la Magdalena, San Roque en agosto y la Guia en septiembre. También en julio se celebra Santa Ana que es la fiesta de los marineros y un poco de todos. 
   Mi bando es el de la Magdalena, cuyo símbolo es el clavel y como dice la canción del Ramo….    “que es de Llanes lo mejor”.
  
 



El culto a Sta. Mª Magdalena tiene un claro origen medieval, fueron los  Benedictinos franceses de la Tercera Vía Jacobea los que lo trajeron a Llanes.


Su Capilla está situada en el Casco Antiguo, intramuros , ya que la villa estaba rodeada por murallas. Data de los siglos XII y XIII y  fue la primera iglesia de Llanes.



   Algunos de los cantares del bando dicen: “Antes de Llanes ser Llanes, sino Puebla de Aguilar, ya tenía la Magdalena en nuestra villa un altar. Cuando el Rey Alfonso IX  Fuero concedió a la Villa….” que da cuenta de la antigüedad de estas fiestas.
   
Por motivos políticos, los seguidores de la Magdalena y San Roque, se enfrentaron y como consecuencia en el 2013 se celebró el 175 aniversario de ambos bandos.


   Durante todo el mes de julio, se suceden los eventos: fiesta infantil, novenario, con su música propia, conciertos, cena del Mantón, concurso de Marmitas, Mercado Tradicional, Verbenas y Romería, la espicha….y sobre todo el víspera y el   Día Grande, el 21 y el 22 de julio respectivamente.




     El día 21 es una fiesta totalmente pagana. Se celebra la hoguera, troncos llevados a hombros por lo hombres, mozos y niños -3 en total -vestidos con el traje de porruano y“bailadas” por la calles hasta llegar a la plazuela de la Capilla donde se quema.

    Detrás de los varones van las mozas y la niñas vestidas de aldeana llanisca, tocando la pandereta y cantando las canciones del bando alusivas: “Esta hoguera que traemos es para la Magdalena y la vamos a quemar en medio de la plazuela”. 


   
   
    Alrededor de las llamas se bailan y se cantan canciones propias del bando como son “El  Rodeo”, “El  Bolero” y “Bonita Calle Mayor”. La hoguera finaliza con la Danza Prima y sus coplas, después, verbena.

   Los actos del día 22, Día Grande, son de carácter religioso. Las aldeanas y los purruanos reciben a la Banda de Música y recorren las calles al compas del pasacalles “El Magdaleno” hasta llegar a la Capilla desde donde se traslada la Santa hasta la Basílica, donde se celebra la Misa Solemne.


   Una vez finalizada, se lleva la Santa en procesión por las calles de Llanes (el casco antiguo es el feudo del bando) hasta dejarla otra vez en la Capilla. La acompañan los fieles, las aldeanas, los porruanos, los Ramos, los gaiteros, la Banda de Música y varios sacerdotes. Las aldeanas tocan también las panderetas pero al contrario que en la hoguera, no cantan.

   Una vez colocada la Santa en su Capilla, se remata la mañana con un festival folklórico en la Plaza del Muelle llevado a cabo por los niños/as  y jóvenes del bando. 
   
   Allí se bailan las danzas propias del bando: el ofrecimiento de Ramos, “La Habanera de la Magdalena”, La   Jota de la Magdalena” (ambas acompañadas por la Banda de Música) “Danza del Señor San Pedro”, “El Fandango de Pendueles”, “La Jota del Cuera”, “La Enredadera”  y el  Pericote el baile propio de Llanes y que corresponde a todos los bandos.


   Por la tarde, un concierto, romería y finaliza el día con una verbena hasta altas horas de la madrugada.
   
    Otros de los actos que a mi particularmente me gusta mucho es el de la Espicha que se celebra el día 31 de julio, una merienda típicamente asturiana, regada con abundante sidra. Actualmente se lleva a cabo en la Plaza de Santa Ana. Cuando se hace de noche se va cantando y danzando la Danza Prima hasta la Capilla…..bonita calle Mayor, eres estrechina y larga, cuando voy por la salida, no me acuerdo de la entrada, que con el sueño de la mañana te estás quedando rosa temprana, que con el sueño del medio día te estás quedando descolorida…..

     En la plazuela de la Capilla se baila y se canta otra vez hasta las 12 de la noche, hora en que finaliza el mes de julio y comienza agosto, el mes de San Roque, bando rival de la Magdalena.
   
     Al llegar la media noche y mientras suenan la 12 campanadas, tiene lugar la Clavelada. 

     Los seguidores de la Magdalena lanzan los claveles rojos que muchos lucieron durante todo el mes en la solapa hacia la Santa. 

    Se cierran las puertas de la Capilla y acaba otro año lleno de trabajo e ilusiones para los que como yo somos componentes de la Comisión de Fiestas.
  
 Al principio, hice referencia a que las fiestas de Llanes (y de todo el  Concejo) son populares y esto implica que un grupo de personas, muchas veces escaso, se ocupan de su organización. Rifas, loterías, publicidad, peticiones a los comerciantes, cuotas de los socios, contratación de orquestas,organización del Mercado, organizar espicha, etc, etc. A este grupo   se llama Comisiones y están formados por Presidente/a, Vice-presidente/a, Secretario/a, Tesorero/a y varios vocales.                   
 
 
¡¡¡FELICES FIESTAS!!!  Muchas gracias Mª José por tu descripción de la Fiesta de la Magdalena, y desde este blog invitamos a todas las socias y no, a que lo vayan a disfrutar en persona.

miércoles, 30 de abril de 2014

INJUSTICIA EN LA ESCUELA

   Tras el relato escrito por Mª José Fonseca titulado "La escuela" http://asocmujerescontiempopropio.blogspot.com.es/2013/11/la-escuela.html, referente a la injusticia que presenció en la escuela con una niña, me vino el recuerdo de algo similar, pero con la diferencia de que a mi me tocó sufrirla en mis propias carnes. Os lo voy a contar...
   Era allá por los años 39 ó 40, yo estaba en la escuela como todas las niñas haciendo mis deberes, pero había una que era la favorita de la maestra (porque la madre siempre le llevaba algún que otro paquetito...) pues esta niña se habían mancado en un dedo y la señorita le puso una venda de "mala muerte", por lo cual decía que no podía coger el lápiz. 
   Entonces con la autorización de la señorita, cogió la vara y se dispuso a cuidarnos como si fueramos un rebaño de ovejas, si alguien se levantaba de la mesa o hablaba con alguna compañera le caía un palo encima de la cabeza. Yo en un momento dado, me dio gana de ir al sevicio y sin pensar para nada que teníamos un pastor para cuidarnos, me levanté para ir al baño, ella la verme, vino hacia mi a pegarme, yo levanté el brazo para protegerme del golpe, al mismo tiempo que le repetía: "¡¡que voy al servicio!!, ¡¡que voy al servicio!!. Ella no me hizo caso alguno y pegó con la mano en mi brazo y le cayó la venda, acto seguido fue llorando para la maestra acusándome que se lo había tirado yo, seguí para el baño, pero la señorita vino a mi encuentro como una fiera, traté de explicarme perto tampoco me escuchó, y me da un par de bofotones con ambas manos, uno a cada lado, que me quedaron los oidos cantando, y me puso de rodillas a su lado. Cuando le pareció después de un buen rato me dijo: ¡vete al baño y ve a tu sitio!.
   Pero ya nada me importaba, porque ya estaba mojada...
   Cuando se es una niña, estas cosas se olvidan fácilmente, por lo tanto yo ya lo tenía olvidado, pero ahora al recordarlo no puedo evitar que me llene de ira y coraje.

Este relato está escrito por Isabel Villanueva (socia de Pola de Siero)

jueves, 6 de marzo de 2014

CARMINA



   Cuando yo era una niña, vivía con mis padres en Pumarín (Oviedo). Teníamos una vecina, viuda, con tres hijos, dos mujeres y un varón, se llamaba Carmina; desde mis siete u ocho años me parecía muy vieja a pesar de llevar el pelo teñido y los labios muy pintados.

   Carmina había nacido en Luanco, y por cosas de la vida y de la guerra, recaló y se afincó en Oviedo.

   Hace tiempo que las líneas de su rostro se borraron de mi memoria, pero recuerdo muchos detalles de sus quehaceres más habituales. Tenía un bastidor cuadrado, de pie alto, de forma que trabajaba con él sin tener que sentarse; a mí me llamaba mucho la atención ver cómo tramaba y bordaba los visillos con los que adornaba su casa, pero sobre todo era el olor y el sabor de las marañuelas que me hacía subir a visitarla; por aquel entonces yo tenía un sexto sentido para sorprenderla con las manos en la masa, y, mientras rallaba limón y amasaba me contaba cómo era el pueblo donde había nacido y crecido:


-Cuéntame algo, Carmina.

-Sí, pero estate ahí quietina y no toques nada.

-Vale.


   Luanco es una villa, no muy grande, acurrucada a la vera de la mar, cerca del Cabo Peñas; el más grande de Asturias; casi todas sus casas son pequeñas, de un piso o dos, ¡Como ésta! Pero también las hay mejores, grandes y hermosas. Esas están en la plaza.

   Allí casi todos viven de la pesca. Mi padre era el patrón de una lancha La Virgen de los Remedios, ¡nunca se me olvidará! y con él trabajaban otros cinco marineros. Muchas noches salían a la merluza y allá en la mar, lejos de la costa, pasaban las horas bajo las estrellas y no regresaban a puerto hasta la madrugada. Me parece ver llegar a mi padre con su boina negra y su ropa de mahón; mi madre y yo salíamos a la puerta y por la expresión de su cara ya sabíamos cómo había ido la faena.

   Cerca del pueblo -a uno o dos kilómetros- la gente vivía de la tierra, era muy normal ver a una neña o a un neñu en un prado cuidando unes vaquines o a un paisano arando, sembrando o segando y entonando una canción; pero para los de Luanco esos eran aldeanos.

   ¡Y si vieras, qué iglesia! ¡Preciosa! Allí, en el saliente de la bahía, donde rompen las olas formando encajes de espuma, allí está ella enclavada, como una nao serena, fuerte y hermosa desafiando a la mar. ¡Cuánto rezamos allí cuando había galerna!

Con toda nuestra fe, allí nos reuníamos mujeres, neños y viejos a rogar para que las lanchas volvieran con todos sanos y salvos. Y hay quien dice que las sardinas son baratas ¡Dios santo!

   Y cuando la costera del bonito, ¡Cuánto trabajé en la fábrica!, yo y todes les rapaces de la mi edad y otras mujeres mayores, para poder llevar unes perruques para casa, después no había quién sacara el olor del cuerpo.

   Tuve un novio. Los padres tenían tierras, no serían muchas, porque penurias pasaban, y en mi casa me decían:

-¿Qué ye, mona, que vas a conformate con un aldeanu y probe?

El casu fue que el rapaz decidió marchar para Cuba, y con él el mozu de la mi amiga Concha.

-¿Y qué pasó? ¿Volvió ricu?

-¡Ay fillina! Marchar, marchaben, lo de cómo volvíen ye otru cantar. Algunos -¡pocos!- sí,volvíen, con buenes perres, e hicieron unes cases precioses, con jardín y hasta palmeres, para que nos enterásemos y no se nos olvidase. Otros volvíen sin nada, como decía la gente: A esi cayoi la maleta al agua. Y otros, bueno… quedaron por allá, no aguantaron el calor y la pena y no tuvieron dinero pa volver.

-Carmina, ¿El tu mozu volvió?.

-¡Esi cabrón! Enamorose de una negrina y quedó por allá. ¡Mejor!

Yo ya tenía otru…

   Hace poco tiempo, una tarde de verano, fuimos por la zona de Avilés y recalamos en Luanco. ¿Dónde estaba aquél pueblín pesqueru?, ¿Dónde las fábricas de pescado? Todo eran chalets, edificios de varios pisos, gente bien vestida paseando, la playa atestada de gente tomando el sol y bañándose. Vi prosperidad, dispendio y hasta tontura.

   Carmina no reconocería su pueblo si hoy volviera. Sólo la iglesia sigue igual, allí en el extremo, mirando al mar como siempre, viendo pasar el tiempo, las generaciones, las modas, la penuria y la abundancia y arropando entre sus muros a quienes vayan a implorar o rogar por sus más íntimos anhelos o por sus seres más queridos.
Fdo: Nieves del Campo, maestra jubilada de Villaviciosa

LA HISTORIA DE MI ABUELA



                Voy a contar la historia de mi abuela. No es una historia feliz (¡cuánto me gustaría que fuera asi¡), sino la que refleja una vida dura y cruel. Como me gusta mucho leer y escribo cosas relacionadas con la historia, me paro a pensar en ella y no puedo evitar que me salten las lágrimas: ¡Dios mío, cómo pudo ocurrir esto en mi propia familia¡.

     Cuando oigo hablar sobre la guerra civil a gentes que no tienen ni idea de lo sucedido, pienso que quienes deberían contarlo son quienes lo sufrieron en sus propias carnes; pero estos no lo hacen porque todavía conservan el miedo metido en sus carnes. Así que los que charlan y charlan solo para lucirse a ganar dinero me dan pena. ¡Si pudieran quitar los sufrimientos de aquellos pobres seres como mi abuela¡ Y eso que lo que nos pasó a nosotros fue una minucia comparado con lo acontecido en otras familias.

            Esta mujer de la que os hablo nació en el seno de una familia muy pobre allá por el año 1893. Después nacieron sus tres hermanas. Al poco de llegar la última, murió la madre y quedaron al cuidado de su padre, que ya estaba muy enfermo de un mal para el que entonces no tenían nombre y que, calculo, era un trastorno mental grave.

       Lecinia, que era la primera de las hermanas, con siete u ocho añitos, tuvo que hacerse cargo de todos. Vivían en una aldea de pobres alrededor del campo y de un ganado también paupérrimo. Trabajaba en el campo y lavaba y cosía ropa para ella y para los vecinos. Jamás dispuso de tiempo para charlar con sus amigas o para descansar, y todo lo hacía a cambio de un poco de comida para ella y las hermanas.

      Pasó el tiempo, y comenzó a ayudarla en todas las tareas la hermana que la seguía en edad: Melania… y después Delfina y luego Carmen. Todas se afanaban en las tareas agrícolas a cambio de la comida que, muchas veces, consistía en un tazón de caldo, porque para más nadie tenía.

    Más adelante se hicieron carboneras. Tenían que levantarse a las cuatro de la madrugada, residían lejos del trabajo y  pasaban en los desplazamientos miedo, frío y hambre. Como no había reloj en su casa, se turnaban para no dormirse, y, si llegaban al trabajo más pronto que los demás, se acurrucaban al lado de un tronco de árbol hasta que llegase la hora del turno.

       Aquellos mandamases, como ellas decían, las trataban como a esclavas: las obligaban a arrodillarse para atarles los cordones de las botas y no puedo contar otras cosas que les hacían porque todavía me avergüenzo y, además, os las podéis imaginar.

      Pasados unos años, Lecinia conoció a un joven y se casaron. En 1920, nació su primer hijo llamado José. Pasó un año de felicidad; pero, pronto, se vio truncada por el nacimiento de otro hijo… y otro… y así hasta completar la bonita suma de seis. El marido enfermó y se murió dejándola atascada de deudas y sin, ni siquiera, una miserable pensión ( por entonces no había pagas cuando se moría de enfermedad).

            Tuvo que volver adonde  sus hermanas. Se casó Delfina, y, un día que estaba trabajando en la huerta, la llamaron para decirle que su marido acababa de matarse en la mina. A Melania, por esta circunstancia, le quedaron trece duros de pensión. Como Lecinia tenía un carácter fuerte, para no ver morir a sus seis hijos de hambre, abrió un chigre y trabajó en él duramente: madrugaba para recorrer siete u ocho kilómetros por una cuesta insufrible y así aportar al bar los litros de bebidas. Todo lo cargaba ella, ya que no disponía de ningún medio de transporte y ni siquiera había carreteras. Pronto, su primogénito José tuvo que ponerse a trabajar como carbonero y no paraba de llorar de impotencia, cuando no podía levantar las cargas que le encomendaban y cuando creía que se congelaba de frío.

            En julio de 1936, estalló la guerra civil en España y a José que, por entonces, tenía dieciocho años, lo sacaron un día de la cama, en medio de una enfermedad, sin que valiesen las súplicas de su madre en demanda de que esperasen a su recuperación. Estuvo tres años fuera padeciendo mil sufrimientos.

            Lecinia siguió con el chigre. Un día llegó la orden de que tenían que cerrar a las diez de la noche y ella la cumplía a diario. Pero una noche, alrededor de las doce, llamaron a la puerta y, como no abriera, gritándoles a los de afuera que tenía una orden expresa que se lo impedía, se la echaron abajo fusil en ristre e irrumpieron en el recinto unos señoritos con pistolas, totalmente borrachos, deseosos de juerga y chanza. Lecinia se encaró con ellos y los amenazó: si tocaban un pelo de cualquiera de sus hijos sería capaz de sacarles los ojos. El más canalla de aquella partida quiso abusar de ella y recibió un escupitajo en la cara. Le dieron tal paliza que la tuvieron que dejar por muerta… a sus pies los niños lloraban sin consuelo y suplicaban para que no la matasen. Cuando se recuperó, pensó en denunciar a aquellos salvajes, sabía perfectamente quiénes eran (y yo que ahora escribo también lo sé), pero no quiso sembrar de odio el corazón de sus hijos y se guardó las ansias de venganza. Aparte de que no había autoridad que tomase cartas en el asunto cuando se trataba de lobos de la misma manada.

            Esta mujer tan guapa que sabía leer y escribir y hasta comprendía el francés jamás disfrutó de pensión alguna y regentó el chigre hasta la hora de su muerte. Murió a los ochenta y cinco años, tal como había nacido: pobre y con la cabeza muy alta, atendida por sus hijos y por sus nueras. Ya en el lecho de muerte, me dijo, cogiendo mi mano: “nunca consientas, ahora que cambiaron los tiempos y que te puedes defender, que nadie pisotee tus derechos como mujer. Lucha para que las mujeres dejen de ser meros instrumentos al servicio de los hombres. Nunca te fíes de un hombre ni cuando lo veas llorar… dicen que un cocodrilo lloraba y no sabían el porqué y el caso es que lo hacía por no comer a su mujer”. 


Fdo: Su nieta Queta (Socia de San Martín del Rey Aurelia. Sotrondio.
Una historia conmovedora, gracias!!!

lunes, 3 de marzo de 2014

MI PRIMER VIAJE EN TREN




  Corría el año 1941, 1942, por aquel entonces sólo había a Oviedo tres trenes, y otros tantos en dirección contraria…


  Los críos que por esa época solíamos ser un montón.


 Cuando cuadraba que pasaba algún tren, corríamos como locos para verlos. Algunas veces un maquinista amble hacía sonar el silbato tres o cuatro ves y el  “guirigay” que se armaba no tiene nombre, nos abrazábamos uno a otros como si llegaran los marcianos.


Aquel  tuve la mala suerte de tropezarme con un perro que tenía la rabia, y que no fue una caricia precisamente, lo que me ocasionó. Fuimos al médico que me cosió el desaguisado, pero teníamos que ir a Oviedo A LA GOTA DE LECHE, para hacerme unos análisis,  y darme el tratamiento correspondiente, y por esa circunstancia hice mi primer VIAJE EN TREN.



La emoción que sentí al pisar los peldaños…No sé expresarla me latía el corazón como loco, sentí que me ponía rígida que las piernas no podría moverlas.

   Fui con mi padrino, por aquel entonces tendría 20 años (y al no ser de pueble entendería mucho) mi madre no pudo acompañarme, por circunstancias que no vienen al caso.
   Me sentó a su lado en el tren, cuando este se puso en marcha yo entendía lo que ocurría. Las cosas corrían, los arboles parecía que se pusieran locos corriendo desenfrenados para llegar los primeros a la meta.
    ¿Cómo no podría levantarme a mirar?
Y empezó la guerra con mi padrino

   Él que te sientes-yo a los dos minutos de pie otra vez.
  Después de unas cuantas veces con la misma historia, un hombre entrado en años muy enfadado le dijo- ¡Carajo! Deja que lo vea.
   Dejar, si me dejó pero a la primera ocasión que tuvo, me arreo un pellizco de los que aquí te espero…!

Y EMPEZÓ LA GUERRA OTRA VEZ…

En la GOTA DE LECHE… Otra vez metí la pata, el médico que me atendió me dio unos caramelos y me dijo:
.- ¿Te duele?
.- Un poco
.- Que mala suerte que te mordiera un perro
.- Yo estoy bien contenta sino, no me monto en tren nunca.
   Todos se rieron menos mi padrino que me pegó otro coscorrón, y la recomendación de no decir ni media palabra a nadie mientras no llegara a casa.
   ¿Cuándo le pregunte por qué? Me dijo por “cateta”.

   Fui todo el tiempo esperando el siguiente…años después me aclare que en los tiempos que corrían…el ser de pueblín tenía sus riesgos.

Escrito por Ana (socia de Pola de Siero). 
Un besín para todos los grupos.

MI VESTIDO DE COMUNIÓN

Mi familia eramos mi madre, mi hermana y yo Isabel (socia de Morcín). A mi padre lo mataron al terminar la Guerra. Mi madre era  modista y así salimos adelante, consiendo con ella ya desde niñas.

Cuando llegó el momento de hacer la comunión, y todas mis amigas iban de blanco...estos trajes eran muy caros, y nosotras no podiamos pagarlo, entonces mi madre lo vió en algún sitió y nos lo hizó de "Niño Jesús".

El género era de raso y costaba mucho menos. Mi tío Jesús nos hizo la corona con alambre fuerte, la cruz de madera nos la hizo el carpintero, las sandalias las hicimos en casa, con una suela y cinta de retorta, luego lo pintamos con purpurina dorada y quedó presciosa, y nos pusieron rizos como al "Niño Jesús".
   Nosotras fuimas las primeras, estabamos muy contentas, luego ya hubo más niñas que vestieron este mismo diseño de traje.
¡Que historia más bonita!, que emocionante!!
Gracias Maribel!!