miércoles, 20 de noviembre de 2013

HOMENAJE A MI ABUELA: MI ABUELA TRINA ERA TEJEDORA


Este trabajo, actualmente casi desaparecido, parece resurgir gracias a los museos y artesanos/as que nos enseñan cómo era esta antigua labor. Pero había que verla a ella cómo pasaba horas y horas en aquel telar tan rústico y tan extraordinario para mis ojos de niña, que veían fascinados cómo , con la la lana de oveja y aquel armazón de madera, mi abuela hacia aquellas mantas. Para mí era maravilloso, sobre todo cuando nos dejaba devanar o enrollar la lana en aquel pala de “xabu” agujero (que servía de canilla) y allí con un pequeño artilugio (un hierro con una manivela), le dábamos vueltas para llenarla de lana, que luego se metía en una especie de lancha (cómo nosotros los “guajes”, le llamábamos). Esta luego, la iba tirando de un lado para otro en aquella trama de hilos, los cuales cambiaba de posición (los de arriba para aquella trama de hilos, los cuales cambiaba de posición (los de arriba para abajo y viceversa) mediante unos pedales, y otra vez con la lanzadera seguía la trama, que posteriormente con una especie de peina que estaba colgando, la traía hacia si y apretaba la labor. ¡Qué maravilla era verla trabajar! Hoy todos, quién más y quién menos, estos telares los conocéis, pero que distinto es verlo en eso museos a verlos en aquellas épocas, ver a mi abuela aquellos duros inviernos trabajando en aquel “tenáu” que estaba todo abierto por adelante y desde donde se veía nevar. El “tenáu” era un pequeño cobertizo encima de la entrada para la cuadra, donde en una viga había una argolla en la que se metía un poste, que luego abajo se encajaba en una piedra que tenía un agujero. Este poste por los lados tenía una especie de brazos de madera, y era aquí donde empezaba el proceso de fabricación. Bueno, realmente empezaba cuando alguien llegaba con una  caballería y encima de la albarda traía bien atada una cesta (hecha de varas de “salguera”) donde iban las bolas o pelotas de lana, que podían ser negras y blancas , siendo estas últimas las más abundantes. Entonces en aquella especie de brazos ataba la lana y empezaban a girar el poste y cada vuelta que daban venía a ser el largo de la manta,  y así giraban hasta tener la cantidad de hilos que daban la anchura de la manta, que solía ser poco más de un metro, pues me acuerdo que iban pegadas luego por el centro. Después los tendía todos en el telar. En el primer “travesañu” tenía una cantidad de hilos fijos, que luego iba atando uno a uno aquellos que había preparado y los extendía en todo el telar. Al otro lado del telar había otro travesaño, donde enrollaba los extremos de los hilos para que quedaran tensos, luego los partía a la mitad para poner uno sí y otro no en una trama que movía con los pies y era entonces cuando iniciaba la labor lanzando aquella pequeña barca (como yo la llamaba), que no era otra cosa más que la lanzadera.
Esto mi abuela lo hacía por el invierno, pues las otras épocas del año tenían que trabajar las tierras, recoger la cosecha, “andar a la yerba”, recoger las avellanas, las castañas y hacer las mil y una faenas del campo y claro, cuando estaba nevando y no se podía hacer otras cosas por fuera, ella se metía en aquel “tenáu” y se ponía a tejer. Allí ella parecía feliz, pero los inviernos eran tan crudos, que aunque le llevaban un caldero con brasa del fuego, las manos y los pies se le ponían negros del frío. Pero ella era fuerte y así estuvo muchos años hasta que su salud empezó a fallar y mi abuelo no tuvo otro remedio que romperle el telar para que ella se cuidara. Pasado un tiempo lo vendieron a unos casinos, y hace unos años su nieta Charo, los quiso recuperar pero no los encontró.
Luego de hechas las mantas, se tenían que llevar hasta “El Tozu” (en Casu), al “feltrón”, un artilugio donde con agua caliente, una especie de paletas golpeaban la manta para hacerla más tupida.
No sé donde estará el telar, pero en estos momentos recordando a mi abuela, me parece que todavía la estoy viendo allí, haciendo aquellas preciosas mantas de pura lana de oveja (que ella también hilaba) y haciéndonos unos magníficos calcetines para todos (bueno, estos no los hacía en el telar, los tejía a cinco agujas). Ver todo aquello para mí era maravilloso.
Además el ir a Ladines era una odisea, pues aunque donde yo vivía pasaba el tren, viajar en el tranvía de La Pola a Rioseco era para mi una aventura tan grande, que luego en la escuela contaba las cosas que pasaban: que si una vaca se paraba en medio de la vía y tenían que parar el tranvía para apartarla. Como en “Comillera” paraba para tomar el agua (¡para beber, como decíamos los guajes!) y como en la pequeña cuesta que habían en “San Ginés” tenía muchas veces que dar marcha atrás y coger vapor para subirla, e incluso tenía que hacer dos intentos!!. Todo eso para nosotros era una aventura, y entonces una diversión, hoy sería un motivo más de protesta, pero bueno, eran otros tiempos y la gente no andaba con tantas prisas.
Gracias abuelos por estos recuerdos de mi niñez y gracias a vosotros que me dejáis contarlos.
Este relato está escrito por Argelia Rodríguez “Pichi” socia de Sotrondio. El relato fue publicado en la Revista “Fiestes de San Pedro de Ladines en 2011)
Gracias Pichi!!

lunes, 18 de noviembre de 2013

LA BISABUELA PACHA, (HISTORIA PROPIA DE OTRA MUJER CON OJOS GRANDES)



Me propongo en estas líneas contaros un poquito de la de historia de mi bisabuela. Recuerdos que mis antepasados fueron transmitiendo a lo largo del tiempo de padres a hijos.
Ella se llamaba Francisca, pero la llamaban Pacha. Nació allá por el 1845-1850. La veo en la foto de medio metro que preside la sala de la casa familiar, con su vestido negro hasta los pies, su toquilla y el pañuelo anudado en la cabeza. Esta imagen me transporta a un tiempo tan lejano que no alcanzo ni a imaginar.
Pacha llegó al pueblo con su marido, su prole y sus escasos bienes, todos montados en un carro y una carreta tirados por las vacas que poseían.
Se instalaron allí para trabajar en una casería de alquiler. Sus esfuerzos y dura labor en el campo les proporcionarían el sustento a todos ellos, una familia formada por 4 hijas y 2 hijos.
La vida discurrió con normalidad entre tareas y obligaciones, poco a poco, sus hijos se hicieron mayores. Todos se fueron casando, salvo dos hijas que se quedaron solteras.
En la familia, según nos cuentan, era Pacha la que tenía el mando y ejercía una gran autoridad.
Un ejemplo:
En una ocasión fueron al castañeo ayudar a su hija Perfecta, ya casada. A la hora de comer, cuando abrieron el cesto de la comida, su marido vio que tenían pote de garbanzos –plato que detestaba- y protestó por ese menú. Su mujer zanjó el asunto con la siguiente frase: si no te gusten los garbanzos come jueyes de castañar que hay bastantes”.
Fallecido su marido y viendo que sus hijos fueron haciendo su vida, ella comienza a plantearse nuevos retos, pero un acontecimiento familiar hace que los aplace. Su hijo José, viudo y padre de una niña de pocos años, se casa en segundas nupcias con la que más tarde sería mi abuela.
Ante esta situación, Pacha decide quedarse algún tiempo con el nuevo matrimonio y su nieta para cerciorarse de que su nuera trataba bien a su hijastra, de que era persona seria, responsable: una buena mujer.
Cuando, con el paso del tiempo, vio que todo iba bien y que la nueva familia era feliz Pacha retoma sus inquietudes y se lanza a emprender nuevos retos con sus dos hijas solteras.
Las tres mujeres se van del pueblo y pasan a regentar durante algún tiempo una casa de comidas en Villaviciosa.
Años más tarde adquieren una casona donde no sólo dan comidas sino que también tienen fonda. Esa casona es hoy La Casa de Encuentros de Villaviciosa.
El hijo de Pacha que estaba en el pueblo, les proporcionaba la leche de la que extraían la nata para hacer unas ricas galletas muy famosas elaboradas artesanalmente por estas tres mujeres.
La casería alquilada por la abuela Pacha y su marido fue pasando a su hijo José y, más tarde, al primer hijo de éste. En la década de 1970 fue vendida y adquirida por una bisnieta de la bisabuela Pacha quedando para siempre el sudor del trabajo, las mejoras de la hacienda y la vida de los antepasados en su propia familia.
No puedo ser muy explícita en esta historia al no tener experiencias personales, todo lo relatado son vivencias de familiares trasmitidas, como indicaba al principio, por el boca a boca.
Concluyo este breve relato con mi admiración a una mujer emprendedora, gran luchadora y que se abrió paso en un mundo a bien seguro muy difícil para las mujeres.
FIN
Relato escrito por Merce (una socia de Lugones). 
¡¡¡Muchas gracias!!!

martes, 12 de noviembre de 2013

TIA CRISTINA MARTINEZ

" No era bonita la tía Cristina Martínez, pero algo tenía en sus pier-nas flacas y su voz atropellada que la hacía interesante. Por desgra-cia, los hombres de Puebla no andaban buscando mujeres interesan-tes para casarse con ellas y la tía Cristina cumplió veinte años sin que nadie le hubiera propuesto ni siquiera un noviazgo de buen nivel.
(...)
Emilio Suárez era el hombre de los sueños adolescentes de Cristina. Le llevaba doce años y seguía soltero cuando ella tenía veintiuno. Era rico como la selva en las lluvias y arisco como los montes en enero. Le habían hecho la búsqueda todas las mujeres de la ciudad y las más afortunadas sólo obtuvieron el trofeo de una nieve en los portales. Sin embargo, se presentó en casa de Cristina para pedir, en nombre de su amigo, un matrimonio por poder en el que con mucho gusto sería su representante.
(...)

Puedes seguir leyendo...
Pero nuestras socias te convencerán de los interesante de estos relatos. Nos van a comentar:

  • ¿Qué destacan del personaje? 
    ¿qué es lo que más les gusta y lo qué menos?
 

TIA CHARO

Analizamos a "Tía Charo":


  1. ¿Qué destacamos de ella? Si nos identificamos con ella?
  2. ¿Que es lo más nos gusta del personaje?
  3. ¿Lo que menos? 
 

"A la tía Charo le gustaba estar en el mundo, recorrerlo con sus ojos inclementes y afilarlo con su voz apresurada. No perdía el tiempo. Mientras hablaba, cosía la ropa sus hijos, bordaba iniciales en los pañuelos de su marido, tejía chalecos para todo el que tuviera frío en el invierno, jugaba frontón con su hermana, hacía la más deliciosa torta de elote, moldeaba buñuelos sobre sus rodillas y discernía la tarea que sus hijos no entendían.
       (...) "

TIA ELENA

En esta ocasión, leemos a "Tía Elena". 
Distintas socias de esta asociación han leido este relato corto, y tienen que responder a las siguientes preguntas:
  1.  ¿Qué destacas del personajes?
  2. ¿Qué es lo que más te ha gustado de ella?
  3. ¿Qué es lo que no te gusta del personaje?

Para animar a la lectura de este relato os dejamos unos párrafos.

(...)
La tía Elena vivió poco tiempo bajo esas aguas. Primero porque no había escuelas cerca y sus padres la mandaron al Colegio del Sagrado Corazón en la Ciudad de México. A 300 kilómetros, 20 horas en tren, una merienda con su noche para dormir en la ciudad de Puebla y un desayuno regido ya por la nostalgia que provocarían diez meses lejos de la extravagante comida de su madre y cerca del francés y las caravanas de unas monjas inhóspitas.
(...)
¡Los vinos! Lo único que su padre había lamentado desde que tomaron Arroyo Zarco fue la pérdida de sus vinos, de su colección de botellas con etiquetas en diversos idiomas, llenas de un brebaje que ella sorbía de la copa de los adultos desde muy niña.

TIA LEONOR

 Seguimos analizando y reflexionando sobre las "Mujeres de Ojos grandes" de Ángeles Mastretta. En esta ocasión le toca el turno a "Tía Leonor", a continuación proponemos un párrafos de lectura. 
Distintas socias de esta asociación han leido este relato corto, y tienen que responder a las siguientes preguntas:
  1.  ¿Qué destacas del personajes?
  2. ¿Qué es lo que más te ha gustado de ella?
  3. ¿Qué es lo que no te gusta del personaje?



"La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando niña. Tenía los hombros suave-mente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes las vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo.
              (......)
 Quizá todo hubiera seguido por el mismo camino si a la tía Leonor no se le ocurre comprar nísperos un domingo. Los domingos iba al mercado en lo que se le volvió un rito solitario y feliz. Primero lo re-corría con la mirada, sin querer ver exactamente de cuál fruta salía cuál color, mezclando los puestos de jitomate con los de limones. Caminaba sin detenerse hasta llegar donde una mujer inmensa, con cien años en la cara, iba moldeando unas gordas azules. Del comal recogía Leonorcita su gorda de requesón, le ponía con cautela un poco de salsa roja y la mordía despacio mientras hacía las compras.
(...)